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Alejandra Matus

Un poco de hipocresía develada en Día de la Mujer
Fuente:  alejandra matus

Día Internacional de la Mujer. Los restaurantes no dan abasto. Flores de regalo. Mensajes publicitarios. Saludos de la Caja de Compensación en el email. Pero hace apenas unos días fui al Banco de Chile a abrir una cuenta de ahorro para mi hijo, pues allí tengo mi cuenta corriente. (Me la abrió el propio Banco Edwards cuando me titulé de periodista en la Universidad Católica, seguramente como un acto de fe en mi futuro esplendor por haber estudiado allí). En fin. Primera sorpresa, la ejecutiva que me atendió se sorprendió pues en esa sucursal no se abría una cuenta de ahorro desde el año 2008. No digo dónde fue para no echarla al agua, pero me confidendió que las cuentas de ahorro son en realidad un cacho para el banco. Tienen los letreros de rigor ofreciento los distintos tipos, pero prefieren que los clientes hagan otras cosas con su dinero y, en el fondo, fondo, sólo quieren endeudarnos. Reality check, los bancos ya no hacen negocio con el ahorro. Ahí mismo me enteré que, de hecho, en nuestro clásico BancoEstado ya no se abren nuevas cuentas de ahorro. Sólo se administran las de los viejos porfiados que mantienen sus libretas y que todavía, milagrosamente, no se han gastado la plata.

¿Y qué tiene que ver esto con el Día de la Mujer? Que aquella ejecutiva debió confesarme que además, la regla del banco es que las mujeres NO PUEDEN ABRIR CUENTAS EN NOMBRE DE SUS HIJOS. No pues. Tiene que ser el padre. No importa la condición civil, si uno tiene ingresos que lo justifiquen, ni si el marido ni siquiera tiene su cuenta en ese banco (como es mi caso). En el Banco de Chile sólo los hombres pueden administrar el dinero de los hijos. Las dos estuvimos de acuerdo que esta discriminación odiosa no tiene ningún sentido en un país que hasta tuvo una mujer Presidenta. Ella cree que el Banco se basa en alguna ley. A mí me huele que no, pero no lo sé. Lo que sí sé es que es ilegítima. Al fin de cuentas, Beto abrió la cuenta por nuestro hijo, después de firmar una tonelada de papeles que la ejecutiva tuvo que rastrear en su computador. Yo ni siquiera podré hacer transferencias electrónicas a esa cuenta. Lo único que me está permitido es darle el dinero a mi marido para que él lo deposite.

Por un lado, nos sentimos como dinosaurios tratando de ahorrar en un país embriagado de deudas. Por el otro, como marcianos por pensar que la mujer tenía igualdad de derechos con el hombre.


Cierre de La Nación
Fuente:  alejandra matus

Les comparto este link con la entrevista que di a la radio ADN sobre el cierre del diario La Nación, la concentración de los medios y el rol público del periodismo, entre otras yerbas. (Tuve que correr a la radio y por eso en los primeros minutos se me escoucha la voz jadeante).

"La concentración en los medios es peor que en las farmacias"




Sobre cierre del diario La Nación
Fuente:  alejandra matus

No es que comparta el cierre de La Nación. El hecho factual es que La Nación que se dice defender en teoría -aquella que pertenece al Estado y que, en tales circunstancias, estaría en condiciones de servir a los chilenos, más allá de gobiernos de turno y otros intereses- ya no existe. La posibilidad existió. A comienzos de los 90, a comienzos del 2000, pero hace rato que murió. El dario, además, ya está suficientemente probado, no pertenece al Estado, sino a una sociedad de particulares (Un UDI, UN DC y un PS), a la que le debe estar subiendo el precio de salida de la sociedad periodística La Nación, gracias a las protestas tardías del gremio. Lamento la pérdida de fuente laboral de los colegas que trabajan en el Diario, en particular de los funcionarios no periodistas que fueron quienes se la jugaron por la mantención del medio a fines de la dictadura y que tan mal han sido recompensados. Sin embargo, el problema de la falta de pluralismo y diversidad en la prensa chilena no se soluciona transformando a La Nación en el último baluarte de la libertad de expresión.

Homenaje a Pinochet: ¿En qué espejo nos miramos?
Fuente:  alejandra matus

El homenaje a Pinochet al que adhirió un puñado de fanáticos, militares en retiro y ex agentes de la DINA y la CNI, encarcelados y en libertad, me retrotrajo a las conversaciones que a la hora del té tenía a comienzos de los 90 con el destacado penalista Manuel Guzmán Vial, cuando yo tomaba apuntes para El Libro Negro de la Justicia Chilena. Era yo una reportera de convicciones imbatibles, defensora a raja tabla del principio rector de esta profesión, la libertad de expresión. El caso New York Times versus Sullivan y otras referencias que aún acarreaba frescas de mis tiempos de estudiante universitaria, daban marco teórico a mis alegatos. La experiencia personal, todavía fresca, de la dictadura y la censura en sus más diversas formas, formaban parte del bagaje emocional de mis argumentos.

Guzmán Vial, quien fue uno de los asesores de Patricio Aylwin en esos primeros años de transición democrática y que con frecuencia se mencionaba como candidato a ministro de Justicia, con mucha más experiencia y lectura en el cuerpo, intentaba sin mucha suerte, que yo aceptara otras interpretaciones y límites a ese principio. La defensa de la democracia, por ejemplo.

Para mí, que, como miles de mi generación, conviví en mi época universitaria con el Artículo Octavo de la Constitución, “defensa de la democracia “sonaba a prohibición de partidos políticos, a pensamientos castrados y a verdades oficiales irrefutables, y yo no quería que nadie me prohibiera, ni a otros, pensar. Mis creencias se acentuaron más tarde cuando una ley vetusta declaró prohibido El Libro Negro de la Justicia Chilena, y desde entonces me siento particularmente más inclinada a apoyar la doctrina desarrollada por la Corte Suprema estadounidense en torno a la Primera Enmienda, que a la doctrina alemana que después de la experiencia Nazi declaró proscritos tanto al partido nacionalsocialista como al Partido Comunista.

Más allá de las razones filosóficas para estar de acuerdo con un principio de libertad de expresión extenso que proteja aún los modos de pensar que más repulsión social nos causan, me ha parecido siempre que hay argumentos de eficacia política. Prohibir la expresión de cierto tipo de pensamiento –por ejemplo, el negacionismo del holocausto o la ideología antimarxista que encarnaron los militares y civiles que participaron en la dictadura de Pinochet- no elimina su existencia en la sociedad. En lo personal, me siento más segura sabiendo el domicilio y rostros de quienes adhieren al ideario Pinochetista que a tenerlos reuniéndose clandestinamente y destilando en secreto su odio, sin que podamos refutarlos en el tribunal de la opinión pública.

Sin embargo, el homenaje a Pinochet y los argumentos esgrimidos por los familiares de las víctimas de violaciones a los derechos humanos me han hecho reflexionar sobre las argumentaciones de mi viejo y sabio amigo. ¿Debemos, los chilenos tolerar que un grupo, por pequeño y poco influyente que sea, se atreva a negar lo innegable, a ensalzar al ejecutor de una política sistemática de Estado de violaciones a los derechos humanos, en respeto de la más irrestricta libertad de expresión? ¿O debemos considerar, como dice la Constitución alemana, que quien para combatir el régimen fundamental de libertad y democracia, abuse de la libertad de expresión y de opinión, particularmente de la libertad de prensa; de la libertad de enseñanza; de reunión; de asociación; del secreto de las comunicaciones postales y de las telecomunicaciones; así como del derecho de propiedad, y del de asilo pierde estos derechos fundamentales? ¿Es ingenuidad suicida permitir que ciertos pensamientos se expresen?

Hoy creo que la respuesta no es fácil, unívoca, ni dogmática. Los estadounidenses tomaron un camino, y los alemanes y europeos, otro. Más allá de los convencimientos filosóficos, parece haber sido la experiencia de esos pueblos, haber vivido o no las prácticas de exterminio de manos de sus propios compatriotas, lo que ha motivado su adscripción a una doctrina u otra.

Los chilenos no hemos tenido, ciertamente, la posibilidad real, seria y amplia de debatir estos temas. Nos vemos impelidos a tomar posturas forzados por los hechos, pues ni la Constitución ni muchas de nuestras leyes fundamentales fueron fraguadas en el debate democrático y soberano.

Estas no debieran ser definiciones tomadas por periodistas y opinólogos, ni por nuestras poco representativas elites. Tal vez este sería éste un buen momento para tomar este toro por sus astas. Que la democracia nos alcanzara para debatir sobre qué educación queremos, qué tipo de desarrollo nos acomoda, qué tipo de economía nos satisface y ciertamente, comenzando por qué tipo de Constitución nos representa y se hace cargo de nuestros traumas y nuestros dolores.

 

 


​El ejercicio
Fuente:  alejandra matus


Los periodistas no hablamos de otra cosa en estos días. Que si el reportaje de Contacto sobre discriminación amerita considerarse “periodismo de investigación” o que si el método, que el programa calificó de “ejercicio”, corresponde a otra categoría de cosas. Y luego sobre si la drástica reducción de la segunda entrega del programa constituye censura o es una reacción natural y legítima de la estación en procura de la protección de sus estándares editoriales. La renuncia del director interino de prensa, Patricio Ovando, un periodista de impecable trayectoria, y  de la prestigiada editora de reportajes ,Pilar Rodríguez,  nos agrega el peso de la lealtad profesional, poniéndonos en la falsa de dicotomía de defender las técnicas del oficio o defender valores ético-profesionales.
El colegio de periodistas lo resolvió en un comunicado en que rechaza el acto de censura, “más allá de cualquier consideración respecto de la calidad del reportaje en cuestión". Gonzalo Saavedra, director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica y editorialista de El Mercurio, en cambio, condenó derechamente los métodos usados en la realización periodística, más allá del acto de censura.
Es cierto que es difícil poner las manos al fuego por la forma en que se realizó el reportaje si uno analiza el caso desde las reglas del oficio, en particular, desde lo que ha dado en llamarse “periodismo de investigación”. Las normas de comportamiento profesional más o menos universalmente aceptadas indican que en casos, excepcionalísimos, en que una información relevante para el bien común no puede obtenerse de ninguna otra manera, los periodistas podemos usar una cámara oculta. Pero eso no hace del uso de cualquier cámara oculta una pieza de periodismo de investigación. Saavedra compara el “ejercicio” hecho por el reportaje, en que se usa una actriz para montar una situación en que los funcionarios de exclusivos colegios de Santiago son confrontados con la posibilidad de que una mujer ataviada con uniforme de “nana” quiera pedir matrícula para su hija, con el método usado por los programas de entretención en que se montan bromas contra incautos transeúntes y que luego se difunden en esos shows del tipo “just for laughs” y que sirven para calmar la paciencia de los clientes en las colas de los bancos y de los pasajeros, en los aviones.
En beneficio del reportaje de Contacto se puede agregar que el “ejericio” se acompañó de entrevistas con mujeres que verdaderamente ejercen el oficio de “nanas”, quienes ratificaron que los actos de discriminación que constata la actriz son para ellas cotidianos.
Comparto con Saavedra que el método usado para el reportaje probablemente no pasaría la prueba de aquellas circunstancias excepcionalísimas que justificarían el uso de una cámara oculta. También estoy de acuerdo en que la edición en su conjunto, si bien aborda un tema relevante y muy contingente en la realidad chilena, tiene un tratamiento más cercano a los programas de entretención, del tipo reality show, que a un documental propiamente periodístico. ¿Había otra forma de entregar los contenidos en un reportaje periodístico televisado? Ciertamente. Hay modelos admirados en nuestro gremio que podrían haberse emulado, como los usados por Frontline del canal público estadounidense PBS.
No obstante, creo que este análisis elude las condicionantes estructurales de fondo y la realidad global del ejercicio del periodismo en televisión en Chile hoy –fenómeno dicho sea de paso, que no es exclusivo de la televisión-: el modelo de financiamiento de todos los canales –incluyendo la estación pública, TVN- demanda una parrilla de programas de bajo costo y alto rating.
No han sido pocas las veces que me ha tocado compartir en instancias profesionales, congresos, seminarios, con periodistas de Contacto o de Informe Especial, en que cuando los más ortodoxos de nosotros les demandamos a nuestros colegas que traten temas de relevancia pública, usando datos por sobre la manipulación de las emociones, su respuesta es que en este modelo de televisión que tenemos, no se puede. Para difundir cualquier contenido en sus canales, estos programas tienen que superar dos brechas. Una es la dictadura del “mono”, es decir, cualquier cosa que quieran informar debe estar ilustrada por imágenes y ojalá no estáticas, como en una entrevista, sino que en movimiento, engarzadas en algún tipo de libreto dramático. La segunda, es el rating. Cualquier cosa con menos de 15 puntos de rating se considera un fracaso y los canales han llegado a la conclusión que aquello que no entretiene, por mucho que informe o eduque, no traspasa esa barrera.
Por lo tanto, los programas periodísticos  (no sólo los de periodismo de investigación, véase lo que ocurre con los noticiarios de todos los canales, todos los días) han ido adecuándose a estas reglas. La cámara oculta entretiene. Los efectos musicales añaden lo suyo. Los datos duros, los gráficos, las entrevistas con protagonistas reales, las complejidades, los matices, tiran el rating al suelo y, por consiguiente, se evitan. Esas son las reglas del juego y es en ese contexto en que se le pide a Contacto jugar. Dicho de otra forma. ¿Tenían ese equipo la posibilidad de poner en la parrilla programática el mismo tema, usando métodos clásicos? Lo dudo. La evidencia es que los periodistas con mayor apego a nuestras reglas de comportamiento tradicional han ido saliendo, voluntaria o no tan voluntariamente, de los equipos de este tipo de programas.
Dicho esto, creo que sería miope desconocer que, aún inoculado en un programa más inclinado a  entretención que a lo periodístico, los profesionales de Contacto expusieron un contenido altamente relevante y muy incómodo para nuestras elites. La reacción de René Cortázar de censurar gran parte del contenido programado para una segunda entrega no fue, como se trata de hacer creer, en resguardo de los estándares de calidad periodística que imperan en el canal. Patrañas. Esos estándares hace rato que no se respetan ni en canal 13 ni en el resto de la televisión chilena. La censura obedece al alarido que provocó la discriminación tan flagrantemente expuesta en su estación usando métodos narrativos que normalmente sólo se usan para hacer reír.



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